Historia abominable de un cambio

Imagínense vivir con relativa comodidad en los albores del siglo XV. Una vida sin lujos, pero también sin constricciones. Una buena vida, al fin y al cabo. De vez en cuando un conflicto con el vecino interrumpe la armonía reinante por lo general. Pero la disputa no pasa a mayores; hay sistemas eficaces que resuelven los problemas con pragmatismo. La sociedad funciona como una buena sinfonía, los engranajes bien engrasados y los roles excelsamente definidos un par de centurias atrás.

Imagínense pertenecer a una familia agricultora, cultivando unas tierras con las que alimentar a los suyos. El Estado apenas interviene, los impuestos son asequibles y no suponen problema alguno.

Imagínense guerras desarrolladas únicamente en ciertos períodos; de poco serviría una caballería condenada a cabalgar sobre la fangosa superficie que dibuja la temporada de lluvias. Imagínense la tranquilidad que esto supone: poder circular libremente sin temor a ser asaltado o maltratado.

En ese momento, el anciano de la familia empieza a ver cambios a su alrededor; los vislumbra, pero no acaba de apreciarlos con nitidez. Llegan a la aldea noticias de ataques venidos desde el sur, perpetrados por afamados jinetes meridionales. Al este, una nueva potencia se hace con tierras que antaño pertenecieron al mansa. Esto último poco le importa al anciano. De hecho, para él los territorios bajo la órbita del mansa apenas le preocupan. Su atención está puesta en la salud del soberano, en su buen hacer. Sólo él garantiza el correcto funcionamiento de la sociedad. Es un vínculo con lo divino, un catalizador de fuerzas indispensable.

El anciano fallecerá al poco tiempo y no verá a su hijo hacer frente a las nuevas realidades. Unos hombres pálidos, de piel blanca y aspecto enfermizo llegarán a las costas. Los comerciantes hablarán de ellos entusiasmados por el nuevo horizonte de oportunidades. El flujo comercial, antes orientado hacia el noreste, hacia las áridas tierras del Sahel, empezará a volverse sobre la costa occidental.

Comerciantes resguardándose bajo la sombra de un baniano

Comerciantes resguardándose bajo la sombra de un baniano

Su nieto será quien viva los cambios provocados por los recién llegados. Dejará las tareas del campo para abrazar la actividad comercial junto a compañeros que compartirán su religión, la misma del mansa. Emprenderá largas travesías en las que hollará sabana, bosque y arena de playa. Verá con sus propios ojos a los blancos dominar las olas del océano con sus colosales embarcaciones, infinitamente superiores a las piraguas de sus vecinos de la costa. Verá con temor a negros entre los blancos; unos pocos dando órdenes, azuzando a multitudes encadenadas. Prisioneros de guerra, pensará el nieto, pero un escalofrío sombrío recorrerá sus entrañas. Tomará la decisión de cambiar su ruta, de abandonar las costas y comerciar en los bosques del sur, de donde obtendrá especias cotizadas. Transcurridos unos años, al volver de un largo viaje de varios meses -más largo de lo habitual debido a los desvíos provocados por un nuevo imperio nacido entre las faldas de una gran cordillera-, la realidad lo golpeará como la embestida de un elefante.

Columnas de humo se alzarán como un heraldo de destrucción. Su aldea calcinada, su mujer golpeada y sus dos jóvenes hijos capturados. Recordará entonces a aquellos negros encadenados y deducirá el destino de su descendencia. Fiero y orgulloso, tomará la determinación de impedir que aquello suceda. Perseguirá a los captores durante kilómetros, por rutas en las que antes se transportaban productos inanimados pero que ahora serán escenario del más atroz de los negocios. Seguirá el rastro de centenares de pies en carne viva arrastrados pesadamente por grilletes y latigazos, hasta que ese rastro dé paso a decenas de cadáveres abandonados como festín para las bestias. Gritará y llorará hasta anegar en lágrimas el cuerpo desfigurado del menor de sus hijos. Desde entonces, cada cuerpo inerte con el que tropiece le parará el corazón, temiendo que sea aquel el momento en el que se convierta en un padre sin hijos. Verá con amargura a amigos y familiares varados entre la maleza, con expresiones vacías en sus rostros demacrados.

Fatigado y totalmente desmoralizado, no advertirá la brisa marina arrastrada por el viento ni olerá la sal en el aire. La actividad frenética de la costa lo pondrá alerta. El trajinar continuo de blancos y negros aturdirá sus sentidos, ya de por sí maltrechos tras semanas de persecución y muerte. Se acercará con cautela a las rudimentarias jaulas en las que hombres y mujeres de ébano -antes jóvenes y vivaces- aguardan un destino incierto allende el mar. Buscará un rostro conocido entre los barrotes hasta escuchar un murmullo a sus espaldas. La voz ininteligible de un blanco y el asentimiento marcial de un imberbe mestizo.

-Lo siento, abuelo- dirá éste en un idioma que no comprenderá- pero eres demasiado viejo para servirnos.

Entonces verá el rostro descompuesto de su hijo, envejecido y casi irreconocible. El joven se aferrará a los barrotes y su alarido perforará el aire viciado por el miedo.

Escuchará el grito desesperado de su hijo mientras el mestizo aprieta el gatillo de su arma de fuego. Una explosión apagará el mundo.

El hijo verá morir al padre; la madre los perderá a todos. Y la historia continuará repitiéndose una y otra vez.

Imagínense vivir en tal época, imagínense soportar tal atrocidad sin sufrir cicatrices. Imagínense que les arrebatan todo cuanto tienen, todo cuanto aman, todo cuanto conocen. Imagínense que cualquier día el final puede estar cerca, que la guerra se convierte en cotidiana y que el color de la sangre tiñe cuatro siglos de su historia. Imagínense un mundo en el que el miedo es la vida y la vida es el miedo.

Esclavos en un barco negrero

Si han logrado imaginarse todo esto, están ustedes vislumbrando África entre los siglos XV y XIX.

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3 comentarios

  1. Muy bueno.
    Lo más cojonudo es que algunos confunden industrialización con civilización.
    Que desagradecidos son estos “negritos”, vamos para civilizarlos y no nos lo argradecen.

    1. El concepto mismo de civilización ya chirría. ¿Existe una única, correcta y adecuada civilización? ¿Existen más civilizaciones? Entonces, ¿por qué no podemos aceptar que en otros lugares se vive de manera diferente?
      ¿Por qué ese empeño en ver la propia como “La Civilización”? Es la historia de la humanidad. Así hemos actuado siempre. Amamos lo propio y desdeñamos lo ajeno. Es más, vemos lo ajeno como algo inferior, más estúpido. No encontramos el sentido a otras formas de vida. Nos quejamos de nuestra sociedad y, sin embargo, si nos sacan de ella nos escandalizamos con lo que encontramos fuera.
      La modernización no significa progreso, rotundamente no. Pero claro, ¿qué es el progreso? ¿Y el desarrollo? ¿Hablamos de desarrollo desde nuestro punto de vista, es decir, el económico? ¿O nos referimos al desarrollo de las artes y culturas? ¿Es aceptable que en otros lugares la economía se rija por reglas distintas? ¿Que no esté ni siquiera en el eje del funcionamiento de la sociedad?
      En fin, todo son preguntas y todo es relativo. Pero sí, Europa siempre ha sido un continente agitado. El problema llegó cuando quisieron exportar su modelo a otros lugares. ¿Si el modelo apenas funciona en casa cómo pretendes llevarlo a sitios que ni siquiera conoces? El mundo entero empezó a desangrarse a una gran escala cuando Europa decidió “descubrirlo”. Que esta es otra cuestión, “el descubrimiento de América” dicen, como si quienes allí vivían no conociesen el lugar donde tenían su hogar. Lo dicho, Europa como ombligo del mundo.

      Para acabar con la perorata, te daré un ejemplo que ilustra lo tremendamente estúpida que puede llegar a ser la voluntad de civilizar a pueblos extranjeros:
      En los libros escolares de historia del África Occidental Francesa los niños africanos leían textos que empezaban por “Nuestros ancestros los galos…”. Creo que no hace comentar mucho más.

      Normalmente la ingenuidad y torpeza del pretendido civilizador supera con creces a la del “civilizado”.

      1. JAJAJAJA Im-presionante, “nuestros ancestros los galos”, acongojante, por no utilizar otra expresión, ya no me acordaba de esta anécdota.
        Y no, no ha sido una perorata, me ha encantado, ese punto de indignación razonada ha estado cojonuda, por un momento me recordaste a mi, jajajaja, a veces soy un tanto visceral.
        Y lo de los galos también me ha recordado a Henri Lhote y sus falsas pinturas rupestres en el Sáhara, algo así como lo que me comentas de África Occidental, pero a lo argelino, aunque que creo que en esta ocasión querían convencer más a la opinión pública francesa que a la argelina.
        En fin, que yo también empiezo con las peroratas y no paro.
        Un saludo

        P.D.
        Occidente debería tener algún santo, o alguna manifestación de Dios tipo Maat.

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