10 días en Senegal. Día 1: Aeropuerto, Dakar

Gran parte de esta entrada la escribí en el barco que me llevó a Casamance. He cambiado pocas cosas y he decidido dedicar una entrada a cada uno de los días que pasé en Senegal. En las líneas que siguen os hablo de mis primeras horas en la capital senegalesa.

En tres días he vivido tantas cosas que es difícil seleccionar las que contar en el blog. No me complicaré y empezaré por el principio. Intentaré no extenderme y explicar lo que me ha parecido más llamativo de estos primeros días, mis sensaciones y como he pasado de estar horrorizado a sentir la calma extraña que existe en Dakar. Yo la he llamado la calma frenética.  Seguro que me dejo muchas historias en el tintero.

Día 1. Aeropuerto/ Dakar

Al entrar en la terminal 1 del aeropuerto de Barcelona me di cuenta de que era cierto, en unas horas iba a estar volando rumbo a Dakar. Pudimos embarcar las maletas sin problemas. Amédé llevaba 3 y temía tener que vaciar alguna si sobrepasaba el límite de 23 kg. Lo cierto es que lo sobrepasó pero las maletas pasaron igual. Nos dieron los billetes y vimos que no íbamos a viajar en la misma fila de asientos.

Pasamos la aduana no una, sino dos veces. La primera nos pararon y nos hicieron sacar los ordenadores de las mochilas que llevábamos como equipaje de mano.  Luego nos dirigimos a la puerta D. Mientras esperábamos para el embarque decidimos tomar algo para matar el tiempo.  Bocadillos a 6 euros, módico precio.  Mi estómago me pedía comida y mi cabeza se negaba a pagar tal cantidad por algo que seguramente estaría blando, pasado e insípido. Finalmente mi cabeza ganó la batalla, aunque el estómago continuó protestando. Nos bebimos un par de coca-colas y nos hicimos un par de fotos antes de viajar.

Se anunció el embarque a las 21 h. El avión debía despegar en media hora. Nos pusimos en la cola y finalmente entramos en el enorme armatoste de acero. Como estaba medio vacío, Amédé y yo pudimos sentarnos juntos sin ningún problema. Teníamos tanta hambre que desistimos y pagamos oro por comer un par de bocadillos y beber un par de refrigerios. Mi bolsillo se resintió pero tenía tanta hambre que no me supo mal gastar tanto dinero.

Tras cinco horas de vuelo el avión aterrizó en Dakar. Yo me debatía entre la emoción, los nervios, la ilusión y cierta aprehensión. Lo primero que hice fue respirar el aire africano. El olor era diferente, de eso no cabía duda. Estaba en un lugar diferente a muchos kilómetros de mi casa. La atmosfera era más densa y húmeda que a la que yo estaba acostumbrado. Hacía calor, pero era soportable. Sin embargo, aquel aire no parecía tan puro como yo creía…

Mi África, el África que existía en mi imaginación, no era la de los estereotipos mediáticos. No esperaba encontrarme en medio de una guerra, ni en el centro de un desierto desolado y seco. Había leído algunas cosas sobre Dakar. Pero la imagen de mi mente se imaginaba una ciudad “a la europea”. Una urbe occidentalizada. Al fin y al cabo, Dakar fue la capital del África Occidental Francesa. Iré al grano: creo que la había idealizado demasiado. Para mí África era un lugar al que visitar. Un remanso de paz en el que las cosas funcionaban de otro modo en un sentido positivo. Seguramente mi idealización del continente venía dada por mi fascinación por su periodo clásico, por el recuerdo de un pasado brillante que sucumbió ante la trata. En definitiva, esperaba inspirar y respirar África. Esperaba sentirme diferente, que el solo contacto con el aire ya me presentara un universo diferente. Ahora entiendo que lo que esperaba era ver mi África. Dakar se encargó de ponerme los pies en el suelo.

Bajamos del avión y subimos a un minibús que nos llevó hasta el control de aduana. Allí más de una veintena de policías uniformados e impecables caminaban diligentes, con la pose de quien se sabe, o se cree, poderoso. No vi ningún policía que no pareciera poder partir una pared de un puñetazo. Comparados con los españoles, los senegaleses imponían mucho respeto… bueno, la verdad es que daban un poco de miedo. Hice los trámites para que me dieran el visado y en pocos minutos ya estábamos recogiendo las maletas. Al salir por la puerta del aeropuerto, Dakar me dio el primer golpe de realidad.

Una multitud enorme, de decenas de personas se aglomeraban alrededor de una valla frente a la salida del aeropuerto. La escena se completaba con gritos de “taxi” y otras palabras lanzadas al aire que no podía entender, la mayoría en lengua wólof. Entre la muchedumbre se hallaban uno de los hermanos de Amédé, Touissant, y uno de sus primos, Terrance. Ambos son unos hombretones de más de 1,85 y Touissant además es tan ancho que parece un luchador senegalés. En aquel momento pensé que eran tres las personas que nos recibían. Un hombre larguirucho, con nariz aguileña y gestos ansiosos me tendió la mano. Seguimos caminando hasta llegar al parking. El hombre desconocido, que yo pensaba era uno de los amigos de Amédé, se acercó a mí y me dijo con toda naturalidad:

–          Eric (sí, me llamó por mi nombre). Ahora tienes que dar aquí un poco de dinero-. Al principio pensé que tenía que pagar el parking, pero luego vi avanzar a Amédé y sus familiares y me di cuenta de que aquel tipo esquelético era un infiltrado. Había visto llegar a un blanco, se había acercado a saber cómo me llamaba y me había hecho creer que era amigo de mi amigo. Por suerte yo estaba un poco ensimismado, asimilando todo lo que veía y en estado de shock por la multitud arremolinada en torno al recinto y por los constantes ofrecimientos de viajes en taxi o cambios de euros a Cfa.

En el coche de Terrance no cabían las maletas y nosotros al mismo tiempo. Así que tuvimos que buscar un taxi. En Dakar el precio del trayecto se negocia antes de subir al taxi. Vi a Toussaint discutir con el taxista. Cuando le pregunté a Amédé qué ocurría me dijo:

–          Le está pidiendo 7000 cfa.

–          ¿Y cuánto vale el trayecto?

–          2000 como mucho.

–          ¿Y por qué sube tanto el precio?

–          Porque te ha visto.

Y así fue cuando experimenté por primera vez lo que es ser un toubab aquí. Todos los precios se disparan. Ven la piel blanca y enseguida lo asocian a dinero. Es una constante. No los culpo por ello, seguramente yo haría lo mismo. De hecho, es lo mismo que ocurre aquí pero a la inversa. Vemos un africano y pensamos que es pobre; allí ven a un blanco y piensan que es rico. Al final cogimos otro taxi y salimos de allí.

Era media noche y aun así las calles estaban repletas de gente. Las personas caminaban de aquí para allá. Incluso muchas atravesaban la carretera temerariamente, o eso me parecía a mí. A esas horas no había mucho tráfico y ni me imaginaba lo que estaba por llegar. En Dakar, conducir es de valientes.

Los edificios que vi en mi ruta hacia la casa en la que íbamos a pasar los próximos tres días eran lúgubres y viejos. La mayoría de fachadas estaban descascarilladas y nadie se había molestado en darles una nueva capa de pintura. Lo más probable es que no pudieran permitírselo.

El coche se adentró en una calle sinuosa  y estrecha que llevaba a la casa donde nos hospedaríamos. Al salir del taxi lo primero que percibí fue la arena bajo mis pies. La mayoría de calles en Dakar no están asfaltadas. Nos acogió una familia amiga de Amédé de la que no recuerdo el nombre (antes de publicar esta entrada tenía pensado preguntárselo a Amédé.  Pero ahora comunicarme con él desde España es un poco complicado). Teníamos una habitación para nosotros solos. El primer sonido que escuché fue el balido de una cabra.

En el momento de despedirnos de Touissant y Terrance llegó la mala noticia. Le dijeron a Amédé que había fallecido alguien de su familia esa misma mañana. Se trataba de una prima suya, la mayor de todas.  Amédé quedó muy tocado. El fallecimiento de su prima iba a condicionar, además, nuestra primera (y ahora sé que última) estancia en Dakar.

Una vez en nuestra habitación recordamos que no habíamos comprado agua. Fuimos a la gasolinera más cercana (Dakar está repleta de gasolineras). No habíamos tenido tiempo de cambiar los euros por Cfa. Eso aquí no es un problema, normalmente aceptan los euros. De hecho, los cambios de moneda suelen hacerse en sitios no oficiales, por individuales. En definitiva, sólo teníamos un billete de 10 euros. El dependiente quiso cogerlos a cambio de un paquete de clínex y un paquete de botellas. Otra vez la carga de ser toubab.

Volvimos a casa enfadados con el dependiente y con ganas de descansar. Cuando cerré los ojos dispuesto a dormir sentí una nueva emoción en mi interior. Estaba en África. Iba a dormir en África. Iba a despertarme en África. Mi sueño se había cumplido. En aquel momento me sentí afortunado, no sospechaba lo que me deparaba el futuro. Estaba preparado para conocer Senegal. La ilusión de aquel primer contacto me acompañó hasta que concilié el sueño.

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2 comentarios

  1. Ostres!!! entro al teu bloc per veure que explicaves i m’he quedat parat, i per què no dir-to preocupat. Espero que estiguis bé.

    1. Hola Xavi. Tot bé. He tornat per precaució i per curar-me bé les ferides que tinc a la cara. Afortunadament tot ha quedat en un ensurt.
      Una abraçada

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