10 días en Senegal. Día 2: Dakar

(Este día no llevé la cámara conmigo, así que no pude hacer fotos de los lugares que describo en la entrada. A partir del siguiente día ya podré ilustrar los textos con fotografías. Más abajo podréis ver un vídeo que grabé durante los trayectos en coches/taxis por las calles de Dakar)

El día siguiente llegó demasiado pronto. Dormí muy poco y al alba me despertó una melodía extraña. Al llegar por la noche había escuchado el valido de una cabra, así que no me hubiera extrañado despertarme con el canto de algún gallo. En lugar de eso lo que me despertó fue el llamamiento cadencioso de los muecines, los encargados en las mezquitas de llamar a la oración cinco veces al día. Al principio, en ese lapso de tiempo en el que me debatía entre el sueño y el despertar, no me di cuenta de qué era ese sonido. Pero al cabo de unos minutos lo percibí con claridad. De hecho, lo percibí con tanta claridad y durante tanto rato que acabé harto de los muecines. En Dakar hay multitud de mezquitas y la llamada a la oración se hace con elementos modernos. Los altavoces se encargan de que la llamada llegue hasta los confines más remotos y solitarios de la ciudad. La llamada a la oración es uno de los sonidos característicos de la capital senegalesa. Además, cuando se hace al amanecer, mientras la ciudad despierta, el canto es nítido y penetrante, tanto que aquel día ya no pude volver a conciliar el sueño.

Al cabo de un par de horas, que yo pasé tendido en la cama imaginando todo lo que estaba por llegar, Amédé despertó. Me preguntó si quería tomar una ducha y yo le dije que sí. Me acompañó al lavabo, señaló un gran cubo lleno de agua y me indicó como debía ducharme. En Dakar, los cortes de agua corriente no es que sean frecuentes, es que son lo habitual. Lo raro es que el agua corra por los grifos, no lo contrario. Así que cogí un cazo, lo sumergí en el cubo y empecé a echarme el agua por encima.

Decidimos que lo primero que haríamos sería cambiar nuestros euros a Cfa. Salimos de casa y nos dirigimos a una oficina de cambio de moneda que había justo enfrente de la gasolinera que visitamos la noche anterior. En el camino se me acercó por primera vez un niño de no más de 12 años alargando hacia mí un pote vacío. Tu primer amigo, dijo Amédé. Yo hice como si no hubiera visto al pequeño y me sentí mal y mezquino. Pero seguimos adelante. Unas horas más tarde, cuando grupos de niños venían pidiendo comida o agua, Amédé me explicó que eran alumnos de alguna de las escuelas coránicas de la capital y que debían conseguir comer gracias a lo que la gente les diera.  Al llegar a la oficina nos dijeron que no podían cambiar nuestros euros. Yo no acabé de entender la razón. Salimos de allí y empezamos a caminar por la acera que se extiende a lo largo de una de las grandes carreteras que cruzan Dakar.

Bajo la luz del sol pude apreciar detalles en los que no había reparado por la noche. Los edificios, en efecto, eran antiguos y las fachadas estaban descascarilladas y erosionadas. Los edificios nuevos daban la sensación de estar inacabados. Me llamó la atención la gran cantidad de gente, de todas las edades, que había en la calle. Muchos simplemente paseaban pero otros montaban pequeñas paraditas donde vendían frutas o cualquier otra cosa. Las calles interiores eran de tierra y arena, parecida a la de las playas. (todo esto lo podéis ver con vuestros propios ojos en el vídeo que encontraréis más abajo)

Amédé paró un taxi, negoció con su conductor, la negociación no llegó a buen puerto y el taxi se alejó con la misma indiferencia que llegó. Entonces decidí alejarme un poco para que no fuera tan evidente que yo le acompañaba. Es curioso pero en Dakar la gente no llama a los taxis. Al revés, son los taxis quienes pescan a sus clientes. Siempre que ven a alguien caminar o esperar en una acera o al lado de una carretera, el taxista se acerca y hace sonar el claxon. Si estás interesado haces una seña, el taxi se aparta a un lado y se inicia la negociación. Esta vez mi táctica funcionó. Amédé consiguió un buen precio y me llamó para que entrara en el destartalado coche. Cuando subí y dije un cordial “Bonjour”, el taxista ni siquiera respondió. Seguramente se sintió estafado al haber acordado un precio normal para un trayecto en el que transportaba a un toubab.

Nos dirigíamos a casa de Touissant, uno de los hermanos menores de Amédé. Él sabría donde cambiar nuestro dinero. El trayecto en taxi siguió presentándome Dakar y me mostró por primera vez cómo se conduce en Senegal. Si existen reglas, nadie las respeta. Los conductores circulan por donde quieren, sin considerar los carriles y las señales de tráfico. El ruido de decenas de cláxones sonando es una constante. Pero no suenan desesperados, sino que son una especie de sinfonía monótona y tranquila, aunque desesperante para quien lo escucha sin estar acostumbrado. En el trayecto también advertí otra cosa. La mayoría de coches que circulan deberían estar en el desguace desde hace tiempo. Es habitual ver cacharros de más de 15 años escupiendo grandes ráfagas de humo. De hecho, los taxis eran en su mayoría vehículos de este tipo. Si no les faltaba un retrovisor, les faltaba cualquier otra cosa. Los asientos carcomidos y el quejido del motor me hicieron pensar que el taxi en el que iba necesitaba una visita urgente al mecánico.

Desayunamos en casa de Touissant junto con otras cuatro personas más. A medida que avanzaba la mañana iban llegando amigos y familiares. La puerta siempre estaba abierta y cualquiera que lo deseara podía unirse a nosotros si quería desayunar. Me conecté rápidamente a internet para contactar con la familia e informarles de que había llegado bien a Dakar. Pocos minutos después me encontraba con Amédé y Touissant deambulando por las calles de la ciudad. En nuestro paseo no vi a ningún toubab. Ser el único blanco en una ciudad trufada de gente me produjo una sensación extraña. Sabía que mi piel pálida estaría llamando la atención y por primera vez entendí lo que sienten los africanos que llegan a lugares en los que ver a un negro es algo extraordinario.

–          ¿A dónde vamos?- pregunté a Amédé.

–          A buscar a alguien que cambie nuestros euros.

Asentí sin más y me coloqué al lado de Touissant. A su lado sentía que me custodiaba un guardaespaldas temible. Mientras Amédé es de estatura relativamente corta y de complexión delgada, su hermano menor parece un luchador senegalés. Además, últimamente su figura es bastante reconocible por sus apariciones en la escena política del país. En conclusión, en ningún momento sentí ningún tipo de miedo o nerviosismo. Hasta llegar a la carretera.

Llegamos a lo que aquí podría ser una autovía que cruza Dakar, o al menos la parte de la ciudad en la que nos encontrábamos. La carretera era de tres o cuatro carriles en cada sentido. Hay muchos puentes que salvan la “autovía” y permiten pasar de forma segura pero ninguno de ellos se encontraba cerca de nosotros. Vi a Touissant caminar hacia la carretera, en la que taxis, minibuses y otros vehículos circulaban despreocupadamente. En ese momento entendí que íbamos a cruzar por en medio. Al principio dudé, estuve a punto de comentar que sería mejor caminar hasta el próximo puente. Luego vi que mucha gente cruzaba esquivando coches. Antes de aventurarnos en la carretera, con el silbido de los coches acariciándonos la cara, Amédé me dio un par de consejos.

–          Esto no es como en España. Aquí son las personas las que tienen que vigilar de no dar a un coche. Los coches no te cederán el paso. Lo mejor es pasar sin miedo y ya pararán.

–          ¿Y si no paran?

Amédé se rio y esa fue su única respuesta. Tragué saliva, me puse entre mi amigo y su mastodóntico hermano y saltamos a la carretera. Tuvimos suerte porque en el primer tramo no nos cruzamos con ningún vehículo. Sin embargo, al avanzar nos topamos con unos cuantos taxis y algún que otro coche. Si podíamos pasábamos rápido, pero si el flujo del tráfico era demasiado denso para cruzar, Touissant tomaba la iniciativa. Se adelantaba, miraba a los conductores y extendía una mano que llevaba escrita la palabra “stop”. Logramos llegar hasta el otro lado de la “autovía”. Sanos y salvos, pensé. La experiencia me curtió. Más tarde me sorprendí a mi mismo cruzando calles y carreteras repletas de coches sin temor alguno, con la misma temeraria despreocupación que lo hacían mis vecinos senegaleses.

Llegamos a una gasolinera que estaba al lado de una gran rotonda en la que la cantidad exagerada de coches había provocado un gran embotellamiento. Touissant habló con uno de los empleados. A los cinco minutos habíamos cambiado unos 100 euros por su equivalente en cFa. Así se hacen las cosas en Dakar. De forma no oficial la mayoría de las veces. Tuvimos la suerte de que Touissant controla el tema. Una vez conseguido nuestro dinero volvimos a subirnos a un taxi y nos fuimos a otra parte de la ciudad.

Cuando bajamos, para mi sorpresa, vi que estábamos en frente de la universidad. Las calles estaban llenas de jóvenes con mochilas que iban de aquí para allá. Touissant es doctor en medicina y en su etapa universitaria fue uno de los líderes del sindicato de estudiantes. No podía tener mejor anfitrión. Entramos en el campus de la Universidad Cheikh Anta Diop y poco a poco me fueron mostrando las diferentes facultades. El campus es de dimensiones considerables y los edificios, como pasaba en el resto de la ciudad, eran bastante antiguos. Debían ser las 11.30 de la mañana y el calor empezaba a ser insoportable. Ocurría algo curioso con el sudor. Mientras los africanos sudaban con dignidad, con unas pocas gotas que perlaban sus frentes, yo lo hacía como si estuviera en el mismísimo infierno, con chorreones que nada tenían que envidiar a las cataratas del Niágara.

En la Universidad nos encontramos a muchos familiares de Amédé. Creo que a más de 20: hermanos, primos, tíos… Llegué a entrar en uno de los edificios en los que viven los estudiantes, incluso entré en la habitación en la que Touissant había pasado sus días universitarios. Los tres chicos que había dentro nos acogieron como si nos conocieran de toda la vida, me cedieron un sitio para sentarme y estuvimos charlando un buen rato. Luego nos fuimos y volvimos a tomar un taxi.

Después de disfrutar de una comida deliciosa en un restaurante escondido en las entrañas de la ciudad, era hora de ir a la casa de la prima fallecida de Amédé. Esta vez no cogimos un taxi, sino que fuimos en el coche de Terrance, el primo de Amédé que nos recogió en el aeropuerto. La casa estaba a las afueras de Dakar, a casi media hora. En el trayecto acabé de convencerme de que ningún conductor sigue las reglas y de que ninguna autoridad se esfuerza en que éstas se cumplan. Conducir, en Dakar, es un arte abstracto.

Llegamos a un lugar extraño, una especie de periferia que parecía más gris que la propia Dakar. Aquí, eso sí, no había tanta contaminación como en la ciudad. Si no arreglan el tema de la polución, creo que en pocos años tendrán un serio problema. Es algo que discutí un par de veces con habitantes del lugar. Se mostraban preocupados, pero nada esperanzados en que las cosas fueran a cambiar.

–          Si quitas de la circulación a todos los coches que deberían estar retirados…eso significaría quitar más de la mitad de los vehículos- me dijo un primo de Amédé.

Al llegar al lugar, Amédé me dijo que era allí donde vivía su prima que acababa de fallecer y que era tradición estar en el sitio los días anteriores al entierro. Al llegar me quedé sorprendido por la gran cantidad de gente que se agolpaba en el patio. Saludé con un apretón de manos a todo el mundo (la mayoría hombres) y luego entramos en la casa, donde encontramos a la mayoría de las mujeres. Tras saludar a todas y cada una de ellas volvimos a salir. En ese momento había conocido y estrechado la mano a más de 50 personas y no recordaba el nombre de ninguna de ellas. Me sentía un poco abrumado. Me senté en una silla y las horas pasaron lentamente. Al atardecer vi al vecino de delante rezar tras la llamada de los muecines. Esto es algo bueno de Senegal: la tolerancia religiosa. Al menos es la impresión que me llevé en esos primeros días. La familia de Amédé es cristiana y el vecino de al lado musulmán. Ambos conviven sin problemas y muestran su fe públicamente, sin temor a molestar o ser molestado por su vecino. Sobre las 9.30 de la noche cenamos. Una mujer trajo una gran bandeja de plata con comida. Lechuga, patatas y pescado por encima. Todo ello acompañado de pan. Fue la primera vez que comía en comunidad y la primera y única que lo hice con las manos.

Cuando volvimos a Dakar nos detuvimos en la casa de Nina, otra hermana de Amédé. Allí volvieron a servirnos una gran bandeja con comida. Esta vez patatas y carne. Como en la primera ocasión no había comido demasiado porque el pescado y yo somos enemigos acérrimos, aproveché para llenarme la tripa. Me pregunté qué habría pasado si ya tuviera el apetito saciado. La respuesta la obtuve pocos días después, cuando me di cuenta que ofrecer comida a los recién llegados era otro signo más de la hospitalidad de los senegaleses.

Aquella noche me fui a dormir muy cansado pero también extremadamente ilusionado: en pocas horas iba a visitar la isla de Gorée.

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