10 días en Senegal. Día 3: Gorée

Aquella noche caí rendido sobre la cama. Dormí bien aunque volví a despertarme temprano con el canto de los muecines. Habíamos quedado con Terrance a las 8.00 para que nos recogiera. Teníamos un plan bien definido: primero iríamos a casa de Touissant a desayunar, luego haríamos una visita a los archivos y más tarde visitaríamos la isla de Gorée. Pero Terrance no llegó puntual.

– ¿No habíamos quedado a las 8.00?- le pregunté a Amédé.

– Sí, a las 8.00, hora senegalesa- contestó riendo.

No me costó familiarizarme con el concepto de “hora senegalesa”. Todo el mundo se toma la vida con calma, sin prisas y sin ningún tipo de estrés. Si eso supone llegar tarde a una cita…bueno, es lo que hay. Finalmente Terrance llegó a las 9.30. Cuando llegamos a casa de Touissant, éste nos dijo que no podía acompañarnos a los archivos porque le había surgido algo que no podía desatender. La idea original era que Touissant nos acompañara para que así me tomaran más en serio. Como él no podía ir, decidimos que la visita al archivo la haríamos dentro de dos semanas ya que planeábamos volver a Dakar. Por lo tanto, fuimos directamente al puerto y tras comprar los billetes, bastante más caros para mí que para ellos, ya estábamos subiendo en un pequeño barco que nos llevaría a Gorée.

Durante siglos Gorée fue una “factoría”; un lugar en el que se establecían comerciantes europeos que deseaban hacer negocio con los productos africanos. Entre los siglos XVII y XIX, el producto más codiciado fueron los propios africanos. Pese a que la zona de Senegambia (desde el norte de Senegal hasta Guinea Bissau) no fue una de las mayores exportadoras de esclavos, lo cierto es que sí que se exportaban, aunque en una escala más reducida que en el Golfo de Benín o en Angola. De hecho, cuando los europeos decidieron finalizar la trata de esclavos atlántica, los comerciantes de Gorée vivieron una gran crisis comercial. De repente se habían quedado sin poder exportar su producto estrella. Fue en ese momento cuando se interesaron por lo que había al sur del río Gambia. La crisis comercial empujó a los comerciantes de la isla a buscar nuevas oportunidades comerciales más al sur. Casamance pasó a ser un objetivo de las casas de comercio. En resumen, fue en gran parte la iniciativa de Gorée, en plena crisis comercial, la que empujó a los franceses a presentarse en Casamance.

Antes de salir del puerto vi que un termómetro marcaba 43ºC. No me sorprendió, a esas alturas yo ya empezaba a sudar considerablemente. Por suerte me senté en unos asientos resguardados del sol. Cuando llevábamos cinco minutos de viaje una voz femenina llamó mi atención.

– Hola- me topé con la sonrisa desdentada de una mujer de unos cuarenta años, ataviaba con la ropa típica de color chillón que llevaban muchas mujeres senegalesas.

– Hola- contesté estrechándole la mano.

– Me llamo Fátima. ¿Y tú?

– Eric. Soy español.

– Muy bien, muy bien. ¿Sabes cuál es la mejor tienda de Gorée?- era más bien una pregunta retórica- La tienda de Fátima. Tienes que pasar a visitarme y comprar algo.

Le dije que sí, que pasaría a visitarla y ver qué vendía pero en realidad no tenía intención de hacerlo. Amédé me había dicho que en Gorée todo era más caro. Es el sitio turístico por excelencia y, lógicamente, los precios de lo que allí se vende se disparan ante el flujo de extranjeros que visitan la isla.

Pronto la silueta de la pequeña isla de Gorée fue acercándose más y más, haciéndose cada vez más nítida. En unos 20 minutos ya habíamos llegado a un pequeño embarcadero situado al lado de una playa diminuta en la que un montón de niños chapoteaban y jugaban bajo la ardiente luz del sol. Antes de bajar, mientras tomaba fotos alejado de mis compañeros, un hombre se sentó a mi lado y me preguntó:

– ¿Has venido sólo?

– No, ellos me acompañan- hice una seña hacia Amédé y Terrance. El hombre sonrío, me deseó un buen día y se marchó igual que había llegado: sigilosamente y con una sonrisa enigmática en la cara.

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Nada más pisar Gorée sentí más calor de lo que había sentido nunca. Apenas habíamos caminado 20 metros y ya me había convertido en un manantial de sudor. Otro hombre se acercó a mí pidiendo dinero para mantener los cuidados de los edificios de la isla y para ofrecerme sus servicios como guía. Yo decliné la oferta y después Terrance se enzarzó en una desapasionada discusión con él. Creo que al final lo mandó a paseo.

La primera impresión que sentí en Gorée fue la de un inmenso contraste con Dakar. La capital del país es gris y monocromática; la isla, en cambio, es una explosión de colores. Las casas están pintadas de alegres rosas y amarillos. Los colores emiten una alegría bastante irónica. Me pregunto si el hecho de pintar de esa forma las casas de la isla no obedece al deseo de barnizar el horror que en ella tuvo lugar.

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Paseando por las calles empedradas nos topamos con multitud de artistas que vendían sus productos artesanales en las calles: cuadros, telas, esculturas o instrumentos. Algunos se resguardaban del sol bajo unos hermosos baobabs; los primeros y últimos que vi en Senegal.  Del camino al museo volví a escuchar la voz de Fátima, que me llamaba desde el umbral de su pequeña tiendecita. Vendía collares, pulseras, pendientes y cosas de este tipo. Tras cinco minutos en los que me intentó vender hasta la puerta de la tienda, le dije que volvería después de comer. Ella aceptó con una de sus inquietantes sonrisas y nosotros nos fuimos al museo.

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El museo que hay en Gorée me sorprendió en un sentido negativo. En realidad no era un museo de Gorée en sí misma, sino de historia de Senegal en su conjunto. Lo encontré un poco cutre. Era poca cosa. Todos los materiales expuestos y las explicaciones que los acompañaban eran antiguos y daba la sensación de que no se habían renovado desde el día de su inauguración. Lo que más me gustó fue un mapa enorme, que ocupaba toda una pared, de los imperios clásicos de África. Quise hacerle una foto a escondidas pero justo cuando iba a hacerlo apareció un hombre (¿vigilante?) que me disuadió. Una de las cosas que me llamaron la atención fue que una sala completa estaba dedicada a la historia musulmana de Senegal y no había ninguna dedicada a la historia de las religiones tradicionales. Amédé refunfuñó:

– Siempre es lo mismo. Sólo hablan de la historia de los musulmanes. Controlan el gobierno y lo controlan todo. ¿Qué pasa con los que no somos musulmanes? ¿Dónde está nuestra historia?

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Nuestra última parada la hicimos en la famosa “Maison des esclaves” (casa de los esclavos). Aunque es la única visitable, hay muchas otras que también como “almacén de esclavos” antes de embarcar hacia América. Caminar entre los muros de las celdas en las que hacinaban a las personas es sobrecogedor. Pensar en el horror, el miedo, el dolor y la sangre que se vertió en ese mismo lugar da escalofríos. Cada celda tenía una función: mujeres jóvenes, mujeres, hombres, niños…incluso había celdas de castigo, tan pequeñas que un hombre sentado tendría problemas para no agachar la cabeza. Me paré en la puerta de no retorno y miré al horizonte intentando imaginar lo que sintieron aquellas personas que salieron de esta casa para no volver jamás. No pude hacerlo. Creo que ponerse en la piel de un esclavo no es fácil. Podemos atisbar superficialmente lo que sintieron, podemos suponer el miedo y la incertidumbre, pero no podemos comprender realmente el sufrimiento de aquellas personas. La trata de esclavos fue una actividad tan corrosiva, tan deplorable y tan mezquina que desde nuestro pedestal en el presente no podemos llegar a entender su verdadera dimensión.

Amédé me explicó que años atrás un anciano se encargaba de dar explicaciones a los visitantes. Me dijo que sus palabras lograban emocionar a la gente, que muchos acaban derramando sus lágrimas. Desafortunadamente, el anciano falleció y ahora es su hijo quien presenta el lugar. Tuvimos la suerte de asistir a su presentación. La verdad es que su explicación estuvo muy bien. Tocó muchos puntos, incluso el delicado tema de la colaboración africana en la trata. Yo ya conocía el tema por mis estudios, pero pude ver como el resto de visitantes, la mayoría negros de otros países (USA, Guinea, Guinea Bissau…), se estremecían y quedaban absortos ante los horrores que describía aquel hombre.

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Nos marchamos de Gorée sobre las 16.30, cuando el sol era más inmisericorde. Comimos en casa de Touissant y él, Amédé y yo tomamos un taxi para volver a ir a la casa de su prima fallecida. A mitad de camino el taxista dijo que tenía que dejarnos ahí. Como hablaban en wólof no entendí las razones pero el caso es que tuvimos que bajar del vehículo. Cuando miré a mi alrededor advertí que estábamos en medio de una especie de guetto del extrarradio. Al principio me tuve un poco de miedo, pero pronto me tranquilicé ante la indiferencia que mostraban los jóvenes que paseaban por el lugar. Touissant logró otro taxi a los cinco minutos. Esta vez al coche le faltaban todos los espejos retrovisores. El tráfico era denso y avanzamos muy lentamente. Si no estuvimos a punto de darnos con otros vehículos unas 20 veces no estuvimos ninguna.

Cuando llegamos a la casa encontramos más gente que el día anterior. Entre los recién llegados estaba el padre de Amédé, que había llegado desde Casamance esa misma tarde. Presencié varias reuniones en las que el padre de mi amigo llevaba la voz cantante. Es el más anciano de la familia y, por lo tanto, es el primero y el último en hablar. Discutieron temas relativos al entierro y al acabar tuvo lugar una misa.

Yo me acomodé en mi silla esperando un aburrimiento colosal, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando la misa empezó. No había cura, sino que era la propia gente la que se encargaba de llevar a cabo la ceremonia. De repente, una voz de hombre, poderosa y bella al mismo tiempo, empezó a cantar. Al poco rato, más de 30 voces distintas se habían unido, formando una melodía bella y triste al mismo tiempo. La harmonía de las voces hizo que me emocionara. Estuvieron cantando una hora y media sin interrupción. No podía dejar escapar esa oportunidad, así que lo grabé en vídeo:

Cuando volvimos a nuestra casa en Dakar estaba agotado. Volví a dormirme rápidamente. Al día siguiente íbamos a coger el barco rumbo a Casamance.

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