10 días en Senegal. Día 5: río Casamance. Ziguinchor.

– ¡Eric! ¡Eric! Despierta, ¡estamos llegando a Casamance!

Las palabras emocionadas de Amédé me despertaron con un sobresalto. Cuando me di cuenta de su significado me puse en pie como un resorte y miré por la ventanilla del camarote. Vi tierra a lo lejos bajo la claridad de las primeras luces del día. Me vestí rápidamente y en cuestión de minutos ya estaba en cubierta atisbando en la lejanía los primeros árboles de Casamance. Eran apenas siluetas negras sobre un cielo tenuemente iluminado. En aquel momento todavía no era capaz de discernir los colores.

A medida que el barco avanzaba las siluetas fueron cobrando forma y la desembocadura del río apareció ante nosotros. En aquel momento, justo enfrente del río Casamance, del que tanto había oído hablar y del que tanto había leído, sentí que mi sueño había comenzado. Fue realmente en aquel preciso instante cuando supe que estaba llegando a donde quería estar.

La desembocadura del río Casamance

La desembocadura del río Casamance

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A lo lejos es fácil discernir las dos orillas del río pero al internarse en la desembocadura el paisaje se complica. El río Casamance es inmenso, el más grande que he visto nunca. En la desembocadura se encuentran diversas islas que si nadie te dice lo que son seguramente no repararías en ellas.  Cuando nos adentramos en el río ya había amanecido completamente. Habíamos visto a los primeros pescadores afanándose en sus barcazas. Los primeros rayos de sol empezaron a barnizar el paisaje. Fue entonces cuando lo vi por primera vez, cuando mis ojos captaron la belleza de ese precioso lugar… El gris se convirtió en verde. Mirases donde mirases la exuberante vegetación lo llenaba todo. En ambas orillas, separadas entre sí por varios kilómetros, sólo podía apreciarse grandes familias de árboles y arbustos, de manglares que sólo había visto por televisión. Decir que me sentía abrumado sería quedarme corto.

El barco hizo escala en una isla, llamada Carabane, antes de proseguir hasta su destino final -Ziguinchor-. Carabane es una de las islas que hay al principio del río. En 1837 los franceses la compraron al pueblo de Kagnout y devino el primer establecimiento galo en la región de Casamance. A mí me interesaba mucho visitar aquella isla y mis deseos aumentaron cuando la vi de cerca. Era tan colorida que no tenía nada que envidiar al paisaje de Gorée. Filas de palmeras flanqueaban unas playas de postal. No paré de hacer fotos durante la media hora que estuvimos atracados en el pequeño muelle de la isla. En un momento dado, entre mi excitación por estar definitivamente en Casamance y por la atracción que ofrecía aquel paisaje, miré a Amédé y le dije:

– La próxima vez empezamos por aquí. Nos bajamos y desde Carabane vamos hacia Oussouye.

– ¡Sí!- Amédé tampoco podía ocultar la ilusión que le hacía volver a ver aquel paisaje tan familiar.

Todo el mundo se asomaba para ver Carabane

Todo el mundo se asomaba para ver Carabane

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Mi amigo me confesó que si sus hijos no hubieran estado esperándonos en Ziguinchor, habríamos bajado ahí mismo. El viaje hasta esa ciudad, que podríamos considerar la capital de Casamance, fue de dos o tres horas. La ruta fue mágica. Yo estaba completamente absorto admirando todo lo que me rodeaba. El horizonte se perdía en un mar verde apuntalado por las siluetas de los arboles recortadas contra un cielo cada vez más azul. El espectáculo adquirió una belleza complementaria cuando un grupo de delfines empezaron a acompañar a nuestro barco. Rápidamente un grupo de niños se asomó para verlos mejor y fotografiarlos. Junto a los pequeños estaba yo, tan embelesado como ellos. Si hay un gesto que me acompañó durante el trayecto por el río, ese fue la sonrisa.

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Tras los delfines también vi métodos de pesca curiosos. Había pequeñas barcazas que flotaban en el agua sin navegante alguno. Pescaban solas, con redes y anzuelos bajo el agua. Yo pensé que en mi país esas barcas, solas y a la deriva, no durarían ni dos horas antes de tener un nuevo dueño. Amédé empezó a señalar lugares y a explicarme qué pueblos había en cada sitio.

– Eso es la Point Saint Georges y por detrás está Mlomp, el pueblo de mi padre… Por allí está Djibonker.

Lo más apasionante de todo es que yo no veía nada. Miraba y sólo encontraba bosques. Imaginar aquellos pueblos enclavados en un escenario tan maravilloso como aquel hizo que me estremeciera de pura emoción.

Las barcas sin pescadores

Las barcas sin pescadores

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Cuando el barco paró en Ziguinchor, una nueva oleada de ilusión sacudió todo mi cuerpo. En el aparcamiento nos esperaba con su coche Claude, un primo de Amédé al que cogí mucho cariño durante los días más duros de mi viaje. Al salir del puerto pude ver que aquello no tenía nada que ver con Dakar. Se habían acabado los edificios enormes y, aunque también había mucha gente por la calle, no tenía la sensación de aglomeración y embotellamiento que experimenté en la capital. Además, aquí la contaminación era mucho menor, casi imperceptible. Me sentó bien respirar aire fresco. En Ziguinchor me sentí liberado.

Ziguinchor

Ziguinchor

Ziguinchor

Ziguinchor

Ziguinchor

Ziguinchor

Ziguinchor

Ziguinchor

El puente que une las dos orillas del río a la altura de Ziguinchor

El puente que une las dos orillas del río a la altura de Ziguinchor

Puerto de Ziguinchor

Puerto de Ziguinchor

Tras pasar por un supermercado y esquivar a una vendedora que finalmente me regaló una pulsera, nos dirigimos a casa de la familia de Amédé. Claude se llevó las maletas en el coche y Amédé y yo cogimos un taxi. Cuando aparcamos al lado de la casa, dos niños salieron corriendo hacia nosotros.

– ¡Papa! ¡Papa! ¡Papa!

Los hijos de Amédé, a los que no veía desde hacía casi dos años, se abalanzaron sobre él en una nube de abrazos. Luego vinieron hacia mí. Les entró un poco de vergüenza, si hubieran podido se habrían sonrojado, y me dieron la mano. Se fueron como habían llegado, rápidos y nerviosos, y continuaron jugando con sus amigos.

En cuestión de segundos un montón de personas empezó a saludarnos. Amédé me fue presentando pero yo me perdí rápidamente; no sabía si eran hermanos, primos o amigos suyos. Luego supe que aquí tales distinciones tampoco importan tanto. El primero en saludarme fue Mois, otro primo de Amédé. Desde entonces siempre que me veía me saludaba con un “¡Herique!”, que es como la mayoría pronunciaba mi nombre. A todos les gustó que supiera defenderme en su idioma. Saludé a todo el mundo con el habitual “Kasumay”. Lo mejor era cuando me preguntaban cómo me apellidaba y yo les contestaba: “Kasafom Manga” (mi apellido es Manga -el apellido familiar-). Creo que todos valoraron muchos mis esfuerzos por hablar su idioma. Algunos incluso quedaron muy sorprendidos cuando de vez en cuando soltaba alguna palabra que ellos no esperaban que conociera.

La casa del padre de Amédé era amplia, tenía un gran comedor y cinco habitaciones. Pero estaba a medio terminar. La verdad es que yo esperaba una casa más “occidental” y al principio me sorprendió ver patos, gallinas, cerdos y cabras corretear por ahí como si estuviéramos en pleno campo.

La casa de la familia de Amédé, a la derecha. Delante, el neumático señala un pozo del que todo el vecindario cogía agua.

La casa de la familia de Amédé, a la derecha. Delante, el neumático señala un pozo del que todo el vecindario cogía agua.

Mientras los hermanos y primos de Amédé llevaban nuestras maletas a nuestra habitación yo me senté y observé como jugaban los niños. Me hacía el despistado pero veía que todos me miraban de reojo, preguntándose quién sería aquel toubab que acababa de llegar. Los niños jugaban despreocupadamente. Les daba igual mancharse, caerse al suelo o golpearse con fuerza. De hecho, se peleaban entre ellos. Al principio quedé sorprendido, pero luego vi que era todo un juego. Recuerdo que en aquel momento pensé que un niño de los nuestros, que viven pegados a pantallas luminosas, no aguantaría ni dos segundos antes de derramar una lágrima si jugaba con aquellos chavales que tenía ante mí.

Al cabo de un rato comimos. Las hermanas de Amédé nos sirvieron una gran bandeja de arroz coronada por un poco de carne. Empezó a aparecer gente que se sentó a nuestro lado. Hermanos, primos, amigos e incluso gente que simplemente pasaba por ahí. Los niños estaban comiendo a nuestro lado, en otra gran fuente de comida. Habían más de cinco y le pregunté a Amédé quiénes eran los más pequeños:

-Ni idea- me contestó.- Serán hijos de los vecinos.

Me crucé por la tarde con uno de esos niños. No tendría más de cinco años. Levantó la mirada y en sus ojos vi una mezcla entre curiosidad y miedo. Entonces me cogió la mano y empezó a explorarla con sus deditos. Quizás era la primera vez que tocaba a un blanco. El niño, que luego descubrí que se llamaba Amadou, estuvo cogido de mi mano los siguientes 10 minutos.

Hacia las 18.00h viví una de esas experiencias que esperaba encontrar en África. No puedo entrar en detalles pero el caso es que Amédé, a petición de una familiar, debía ir a ver a una especie de mago o adivino musulmán. Mois y yo lo acompañamos pero tuvimos que esperarlo en la calle mientras una mujer lo conducía al lugar en el que le tendría lugar la cita. Estuvimos esperando un buen rato, así que nos dio tiempo a entablar conversación. Hablamos sobre todo de fútbol pero también de otras cuestiones que me interesaban a mí.

-Entonces, ¿tú también eres un Manga?

-No, yo me llamo Mois Mendy.

-¿No eres diola?- le pregunté intrigado.

-No- respondió con una de sus habituales sonrisas- Yo soy de Guinea Bissau. Soy manjack. Mendy es mi apellido portugués. Viene de “Méndez”.

-Ah, entiendo- entonces otra pregunta despertó mi curiosidad- ¿Y por qué no utilizas tu apellido africano?-

– Los portugueses, cuando llegaron, nos pusieron sus apellidos. En parte se debió a que los nuestros son muy complicados de pronunciar para los europeos- Mois me dijo su verdadero apellido y era tan largo y extraño que a los dos minutos ya no lo recordaba.

-Pero ahora los portugueses ya no están.- repliqué intrigado- ¿Por qué seguís utilizándolos?

-Es una cuestión práctica. Es más fácil que en los documentos de identidad salga “Mendy” que mi verdadero apellido. Para cualquier trámite es mejor el apellido portugués… es más práctico.

Yo asentí y seguimos charlando sobre el tema. Me dijo que conocía gente en Guinea Bissau que se llamaba García, como yo.

Cuando Amédé volvió nos fuimos directos a un bar. Nos pedimos dos tipos de cerveza de los tres que predominan en Senegal: 33 y Gazel (el otro es Flag). Normalmente las cervezas las sirven en botellas de más de medio litro. La de Gazel tenía 60cl. Y costaba poco más de un euro. Al principio no entendía porque tras abrir la botella dejaban puesto el tapón. Lo retiraban antes de beber y luego volvían a colocarlo…lo comprendí cuando un bicho se metió en mi cerveza. Desde ese día he adoptado esta costumbre como propia y siempre tapo mi cerveza cuando la dejo sobre la mesa.  Nos pasamos allí el resto de la tarde e incluso la noche. Cenamos carne de cerdo y volvimos a casa.

Mois y las cervezas

Mois y las cervezas

Los chicos, la mayoría jóvenes, estaban sentados en corrillo hablando de sus cosas. Me cedieron una silla y me uní a la conversación. Hablamos de fútbol y me sorprendió el nivel de la discusión. Acostumbrado al nivel de comentarios futboleros que hay aquí, donde las opiniones dependen en gran medida del equipo del que seas hincha, los comentarios que hicieron sobre táctica me dejaron patidifuso. Todavía no sé cómo logran saber tanto. ¡Es que sabían cosas de todas las ligas europeas! Luego, cuando cogieron confianza, me ofrecieron probar la bebida que estaban compartiendo. Me dijeron que se llamaba “kayou” y que era muy fuerte. Los chicos, la mayoría de complexión musculosa y muy pagados de sí mismos, me miraban como esperando que escupiera la bebida nada más probarla. Sin embargo, al beberla no me pareció nada fuerte. El sabor era extraño, sí. Pero supongo que es algo normal al ser la primera vez que la probaba. Me llamó la atención que justo después de tragar el líquido la boca se me secó como un trapo viejo. Después del primer trago guardé silencio para aumentar la expectación. Todos me miraban, así que levanté la vista, les sonreí y dije:

-Soum soum (muy bueno)- todos estallaron en carcajadas.

Luego, cuando las fuerzas tras un día tan intenso empezaban a flaquear iniciamos un interesantísimo debate sobre la situación de Cataluña y España. De nuevo me sorprendió todo lo que sabían y en alguna ocasión alguien hizo alguna comparación con la situación de Casamance y Senegal.

Aquel día me fui a dormir con la sensación de estar plenamente integrado en aquella familia. Sólo llevaba unas horas en Ziguinchor y ya me sentía como en casa. Por fin estaba en Casamance. La aventura acababa de empezar y mi ilusión estaba por las nubes. Además, no vi ninguna mezquita cerca, así que aquella noche podría dormir sin que me despertaran los muecines.

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