10 días en Senegal. Día 7: Djibonker.

El amanecer de mi séptimo día en Senegal llegó como una brisa suave y placentera. Fue la mañana en que me desperté más relajado. Supongo que ya estaba habituándome a los ruidos y a la forma en que los días empezaban en aquel lugar. En Ziguinchor los despertares eran vivos, alegres y solían llegar de sopetón. Al asomar la cabeza por la puerta de mi habitación ya me topaba con la sonrisa de algún familiar totalmente despierto y risueño, como si en vez de las siete de la mañana fueran las siete de la tarde.

El plan del día era ir al pueblo de la madre de Amédé, llamado Djibonker, que se encontraba a unos 20 minutos en coche de Ziguinchor. Estaba ansioso por coger la moto y dirigirnos hacia allí. He leído mucho sobre los bainuk (la madre de Amédé es diola pero está casada con un bainuk) y sé que viven en pueblos en los que las casas se encuentran diseminadas entre la vegetación. El propio Amédé me lo mostró en google maps. Visitar Djibonker suponía entrar de lleno en Casamance, en el espesor verde que había contemplado maravillado desde el barco el día anterior.

Cuando crucé el umbral de la puerta de casa que daba a la calle vi a un niño pasear despreocupadamente…hasta que fijó su mirada en mí. De repente me señaló con el dedo y dirigiéndose a otros niños que jugaban por los alrededores empezó a gritar para llamar su atención. En cuestión de segundos unos 15 niños y niñas habían acudido a la llamada y me encontré rodeado de pequeños curiosos. En aquel barrio de Ziguinchor -del cual no recuerdo el nombre- no solían verse muchos blancos. Así que fui el pasatiempo preferido de aquel grupo durante buena parte de la mañana. Amédé sacó su portátil y puso videos musicales. Nos sentamos y los niños se arremolinaron a nuestro alrededor. Yo fingía que no me daba cuenta, pero de vez en cuando algún pequeñajo se apoyaba en el respaldo de mi silla y palpaba mi piel disimuladamente,  con mucho cuidado, como si en lugar de a un blanco estuvieran tocando a un dragón que dormía. La curiosidad infantil de todos ellos me alegró la mañana. Ser el foco de atención no me gusta demasiado, pero no iba a ser yo quien les impidiese saciar su curiosidad y manosear al extraño toubab que estaba pasando unos días en su calle.

Transcurrió media hora y los únicos niños que quedaban con nosotros eran los hijos de Amédé y un par de vecinos. Antes de partir hacia Djibonker, mi amigo quiso pasar a saludar a unos conocidos a los que todavía no había podido ver. Cuando caminábamos hacia su casa nos cruzamos con otro grupo de niños que jugaban en el suelo con el barro que había formado la lluvia nocturna. Al verme dejaron todo lo que estaban haciendo y, señalándome con guasa, empezaron a gritar:

– ¡ToubabToubabToubab!

Entonces Amédé se me acercó y musitó con media sonrisa dibujada en su rostro:

– Diles algo.

– ¿El qué?- pregunté.

Buñul– sugirió.

– ¿Y eso qué quiere decir?- hice la pregunta aunque podía imaginarme la respuesta.

– Negro.

Así que miré a los niños que no paraban de reír mientras me señalaban, les devolví la sonrisa y les contesté:

– ¡BuñulBuñulBuñul!

Todos se callaron en el acto, abriendo los ojos como platos y mirándose unos a otros. ¿Cómo podía ser que aquel blanco les hubiera contestado? Amédé y Mois, que caminaba a nuestro lado, rompieron en carcajadas mientras dejábamos atrás a los perplejos niños. Yo también empecé a reír y pensé que aquel día estaba siendo muy divertido.

El trayecto en moto hacia Djibonker fue maravilloso. La carretera se encuentra perfectamente asfaltada (es la que conduce hacia la frontera con Guinea Bissau) y franqueada por inmensos árboles y vegetación de todo tipo. Era como estar en una especie de túnel descubierto cuyas paredes fueran de un verde intenso. Pasamos junto a pueblos que no eran más que tres o cuatro casas aisladas, saludamos a gente que vendía fruta en los bordes de la carretera y dejamos atrás inmensos arrozales que tocaban el río. Llegamos a un pueblo llamado Brin, que yo conocía bien porque fue uno de los primeros que establecieron contacto con los franceses en la primera mitad del siglo XIX, donde todo el mundo que se cruzaba con nosotros reconocía a Amédé y parábamos para saludarlos. Estuvimos más tiempo hablando con viejos conocidos en Brin que en el trayecto desde Ziguinchor hasta ese pueblo.

Djibonker era el siguiente pueblo, aunque desde la carretera se veían pocas casas. Al llegar a un punto determinado, en el que discerní la silueta de una casa en medio de la espesura, Amédé dio un golpe de manillar y nos desviamos por un pequeño sendero. Para mi sorpresa, al final del camino, en una especie de claro en cuyo centro había un gran árbol de mango, había dos grandes casas, separadas entre sí por unos 30 metros.

Djibonker. Subrayadas en amarillo las dos casas que visité.

– Hemos llegado- anunció Amédé apagando el motor de la moto.

Al resguardo de la sombra de otro árbol de mango, en la linde del bosque, dos chicas jóvenes limpiaban la ropa mientras hervían arroz en una gran olla plateada. Cuando vieron a Amédé dibujaron una gran sonrisa. Pronto empezó el intercambio de palabras que yo no comprendí y a los pocos segundos era yo quien estrechaba la mano de la prima Fanti y de Montse, una de la hermanas de Amédé. Le dije a esta última que se llamaba como mi abuela y me pregunté cómo alguien que vivía en un rincón tan remoto tenía un nombre tan habitual en mi país. Fanti, que iba ataviada de un precioso vestido de color azul cielo, nos contó que acababa de llegar desde Gambia para asistir a la celebración del bukut, la fiesta de iniciación masculina que hacía más de 30 años que no se realizaba. Fue en ese momento cuando entendí por qué Amédé la había saludado con un irónico “Hello!”.

Al cabo de pocos minutos, una mujer salió de la casa y abrazó a Amédé. Era su madre. Me saludó con entusiasmo y nos invitó a sentarnos a la sombra de otro gran árbol. Volvió a perderse tras el umbral de la puerta y al poco rato salió, se acercó a nosotros y posó una gran bandeja de arroz y pescado en el suelo. ¡Esta gente no para de comer!, pensé para mis adentros.  Tras acabarnos el arroz con dificultad, no deberían ser más de las 12 del mediodía, la mamá nos ofreció cacahuetes, que yo acepté gustosamente deseoso de volver a saborear algo conocido. Cuando pensaba que ya había comido suficiente me ofrecieron un par de mangos. El sabor dulce y amelocotonado me gustó, así que me comí los dos en cuestión de pocos minutos. Luego sentí remordimientos y me arrepentí pensando que si me ofrecían algo más en mi estómago ya no habría espacio.

Tras la comilona entramos en la casa para saludar a otra prima de Amédé que acababa de dar a luz la noche anterior. La vimos cansada pero bien, tumbada junto a su recién nacido. Admiré la fuerza de aquella mujer y dejamos que descansara tranquilamente. Luego fuimos a la casa que había a escasos metros. Allí vivía uno de los tíos de Amédé, Philbert, que nos saludó efusivamente. Era el único hombre con el que hablamos aquella mañana, todos los demás había ido a comprar para los preparativos del bukut. Philbert es un anciano apasionante. Al enterarse de que era español y de que había estudiado historia me dijo que él era una especie de historiador y que conocía muy bien la historia de España. Quedamos en hablar más tarde y el siguió con sus tareas mientras Amédé y yo íbamos a dar un paseo por aquel lugar que parecía salido de un cuento.

IMG_1998

Caminar por los alrededores de la casa fue una experiencia magnífica. Cogimos un sendero que se adentraba en el bosque (o la selva, no sé cómo llamarlo). Aquellos árboles no eran ninguna broma. Desde donde comimos había visto árboles en la lejanía que parecían gigantes de madera. Mi impresión se confirmó al pasar al lado de uno inmenso, el mayor junto al que he estado. Allí los llaman “fromager” y  son muy característicos de la zona. Caminamos por el bosque, con la cámara en ristre, unos quince minutos. Había puntos en los que al alzar la vista sólo podía verse algún hueco que dejase ver el azul del cielo. Escuché todo tipo de sonidos, de animales y de la propia vegetación: hojas que crujían, ramas que se estremecían, el aire silbando entre los troncos… El paseo mereció la pena, pero dejamos para más adelante una exploración a fondo.

IMG_2012

IMG_2006 IMG_1996 IMG_1993

Volvimos al claro y nos sentamos bajo el enorme árbol de mango que había en el centro. Nos esperaban unas cervezas frías, Fanti, Montse y Philbert, que llevaba en sus manos un enorme libro con un título que enseguida me llamó la atención “Histoire Contemporaine du Monde”. Me senté a su lado y pasé un par de horas charlando con él. Me dijo que había sido jefe de los pescadores de la zona durante su juventud, pero que ahora ya estaba retirado. Y luego me contó lo que sabía sobre historia de España. ¡Aquel anciano me explicó cosas sobre Castilla y la Corona de Aragón! Sabía más que muchos españoles. De nuevo, volvía a tener la impresión de que mis amigos senegaleses estaban, en general, mejor formados culturalmente que nosotros. Luego comprobé que Philbert sentía una fascinación especial por el País Vasco.

IMG_2020

Cuando quedaba poco para las últimas luces del día, se unió a nuestro grupo una mujer que llevaba un bebé de pocas semanas en sus brazos. Era una antigua amiga de Amédé y le había puesto a su hijo su nombre en honor a su amistad. Cuchichearon unas palabras en bainuk y todos me miraron sonriendo. Vi en sus ojos que tramaban algo y que yo era parte fundamental de aquel plan. La mujer se sentó delante de mí, cogió a su bebé por las axilas y lo giró de tal modo que la mirada del pequeño se cruzó con la mía. El niño abrió los ojos como platos, tanto que pensé que se iban a salir de sus órbitas. Nunca había visto en un bebé una expresión de sorpresa tan grande, rayana con el miedo. Se quedó pasmado un buen rato, sopesando mi peligrosidad, como si en lugar de un hombre yo fuese una bestia peligrosa. Todos estallaron en carcajadas mientras el diminuto Amédé seguía contemplándome. Pasaron así unos pocos minutos. Cuando se fueron mi amigo confirmó mis sospechas:

– Has sido su primer blanco.

Aquello me hizo sonreír. Tengo la suerte de haber visto la expresión de aquel bebé, no muchas personas habrán vivido algo parecido. Siempre recordaré sus ojos abiertos hasta lo imposible, su boca formando una gran O y aquella expresión de desconcierto tan marcada. En unos años espero poder volver a encontrarme con él, tal vez se acuerde del primer blanco que vio en su vida.

Cogimos la moto y volvimos para Ziguinchor cuando el sol ya se había puesto. En el trayecto noté que algo húmedo repiqueteaba en mi cara.

– ¡Está lloviendo!- grité hacia Amedé, que era quien conducía, para que me escuchara por encima del sonido del viento.

– ¡No!- replicó él.

– ¿Cómo que no? ¡Estoy notando las gotas en mi cara!

– ¡Eric, eso no son gotas! ¡Son bichos!

Y yo pensaba que me había tragado una gota de lluvia…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

windumanothsite.wordpress.com/

Revista de Género Fantástico

Crossroads

Investigating the unexplored side of multilingualism in Casamance

Postgrads from the Edge

Opinions, about Africa, from Edinburgh

TRIP DOWN MEMORY LANE

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

QUAND LE VILLAGE SE REVEILLE

"Quand le village se réveille" est un projet de collecte et de diffusion de traditions et de la culture malienne à travers des images, des audios, des vidéos, et textes et des témoignages des sages: la culture malienne à la portée de tous à travers les TIC.

BodhiRoots

articulando el porvenir en base al pasado

Huellas de Kuma

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

Los conflictos silenciados de África

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

LitERaFRicAs

Simplemente literatura

wirriyamu

Prêts pour la révolution, la lutte continue!

África no es un país

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

Bridges from Bamako

life in a budding West African metropolis

República de Bananas

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

Aprender sobre África

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

Por fin en África

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

Afriteca: la biblioteca de África

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

Srkurtz Face & Body Health

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

EL ARMARIO DE YAÏVI

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

"Amplio mundo mi ciudad"

Blog sobre Historia del África Negra y diario de viaje

A %d blogueros les gusta esto: