10 días en Senegal. Día 9: el día de los sueños rotos

Os ahorraré los detalles del accidente. Lo único importante es que en un pestañeo todo puede venirse abajo. Recuerdo que me llevaron en coche (luego supe que fue en camioneta) hasta el hospital de Oussouye y que Amédé estuvo conmigo en todo momento. Un enfermero me inyectó un calmante y, tras el pánico inicial, empecé a recuperar la compostura. Me serené y comencé a ser realmente consciente de lo que había pasado. Aun así, mi mente estaba embotada, como si estuviera rellena de algodones, y mi cabeza latía dolorosamente.

Pasé la noche en una gran habitación en la que había cuatro camillas. Yo ocupé una de ellas, la más próxima a la puerta, Améde se tumbó en otra y Claude, que estuvo junto a mí en las largas horas de incertidumbre, se recostó en una tercera.

Durante la madrugada se desató una gran tormenta en el exterior que no fue para mí más que un amortiguado eco de truenos y viento golpeando las ventanas. Desperté temprano. Me sentía dolorido y exhausto, y sin ningún tipo de ánimo. Pronto empezaron a desfilar por la habitación muchas personas, la mayoría familiares de Amédé, que se preocupaban por mi estado.

Me había pegado un golpe en la cabeza, o eso suponía, y notaba un fuerte ardor en la cara, desde la mejilla hasta la frente, pero no había tenido ocasión de mirarme en un espejo. De hecho, intenté evitar ese momento todo lo posible. Me bastó con ver cómo los visitantes torcían el gesto al mirarme para darme cuenta de que mi aspecto no debía ser demasiado alentador.

Me di una ducha mientras esperaba al doctor y una tía de Amédé me trajo ropa limpia para cambiarme. Eran las 11 de la mañana (llevábamos esperando desde las 7) y el doctor seguía sin aparecer, aunque sabíamos que estaba en el hospital. Al final, gracias a Toussaint, hermano de Amédé con quien habíamos pasado nuestros días en Dakar, conseguimos que un doctor accediera a visitarme en un hospital privado de Ziguinchor.

Pasamos fugazmente por casa de Amédé, donde estaba mi maleta, y volví a cambiarme de ropa. Pedimos un taxi rumbo a Ziguinchor. El trayecto hasta la capital de Casamance, acompañado de Amédé, su tía y Claude, fue duro. No por el dolor de las heridas, sino porque mi mente empezaba a despertar de la conmoción y en mi cabeza iba formándose la certeza de que aquel accidente podía haber provocado el final de mi viaje. No me interpretéis mal. También estaba preocupado por mi salud. Sé que los golpes en la cabeza son muy delicados. Pero en aquel momento estaba en una especie de estado de shock por la mera posibilidad de que tuviera que abandonar algo que llevaba tantos años esperando.

El hospital “de la Paix” me sorprendió. Tenía pinta de ser bastante nuevo y estaba muy poco concurrido. Me dijeron que lo mandó construir el expresidente Wade durante su último mandato presidencial. Me atendió el doctor Noel Manga (que era el director de la tesis doctoral de Toussaint, que pocos meses antes se había doctorado en medicina) y su equipo: un aprendiz, un enfermero y una enfermera. Examinaron de forma concienzuda todas mis heridas. Las limpiaron y curaron, y me pusieron un par de vacunas contra el tétanos. Luego tuve que ir a otro lugar a que me hicieran un escáner cerebral y asegurarnos así de que no había sufrido ninguna lesión interna.

El hospital de Ziguinchor

Tras la visita al doctor Manga me animé un poco y recibí dos visitas inesperadas: mi amigo Assaye y Denyo, un viejo colega de Amédé con el que había hablado semanas atrás a través de Skype. Pasé un buen rato con él. Me prometió que iba a enseñarme archivos en los que podría encontrar documentos interesantes para mi investigación. Recuerdo que en aquel momento le dije a Amédé que si el TAC salía bien me quedaría en Senegal. Incluso llegué a quedar con Denyo para planear nuestro recorrido por los archivos.

Los resultados del escáner fueron positivos. Sentí un gran alivio. Volvimos al hospital para enseñarle los resultados al doctor Manga pero al llegar nos dijeron que estaba reunido y que debíamos esperar. En ese momento ya sólo me acompañaban Amédé, Claude y Assaye. Estos dos últimos fueron a comprar comida y volvieron al cabo de unos minutos con una gran ración de cabra troceada en pequeñas porciones que podíamos bañar en tres salsas diferentes. Aquella comida me pareció un manjar. Saboreé cada trozo como si fuera el último.

Mi cartilla del hospital

Mi cartilla del hospital

Mi ánimo había mejorado exponencialmente. Incluso podría decir que en esos instantes era feliz y había conseguido aislarme de la penosa situación que me había llevado hasta ese hospital. Pero esa sensación fue efímera y duró hasta que fui al lavabo. Allí me vi por primera vez en un espejo. Había vislumbrado algo a través de los retrovisores del taxi, pero estaban demasiado alejados para poder fijarme en los detalles. En aquel pequeño lavabo entendí las muecas de quienes se cruzaban conmigo por la calle.

No estaba desfigurado pero mi cara, todavía hinchada, era un mosaico irregular de rasguños, cortes y heridas desagradables que ya empezaban a abandonar el color rojo para volverse de ese marrón típico de las costras. Para que os hagáis una idea: podría haber salido con ese aspecto en la noche de Halloween y probablemente hubiera estado entre los principales candidatos a mejor maquillaje. Sólo que aquello no era maquillaje.

En ese instante comprendí que sería difícil curar esas heridas si me quedaba en Casamance. En primer lugar, estaba de vacaciones y tenía planeado visitar muchos sitios, exponiéndome inevitablemente al sol. Esto era sinónimo de sudar a chorreones y, naturalmente, eso no sería bueno para mi recuperación. No iba a quedarme encerrado en una casa y salir sólo de noche. Además, tenía heridas feas en las piernas e iba a pasar casi una semana durmiendo en una tienda de campaña durante la celebración del bukut en Djibonker, un pueblo en medio del bosque. Arena más heridas abiertas era igual a infección. Toda esperanza me abandonó de golpe y una idea embistió mis sentimientos con una crueldad estremecedora: tenía que volver a casa.

Salí del lavabo y, con pasos renqueantes, me acerqué a Amédé. Hice un gran esfuerzo para no derrumbarme pero a pesar de ello mis palabras sonaron débiles y quebradizas. Mi amigo asintió compungido cuando le dije que tenía que volver a casa.

Entendedme. Había pasado de la alegría a la más completa desolación en cuestión de segundos. Quizás parezca una tontería pero aquello fue para mí como recibir un derechazo y quedar tendido en la lona, totalmente abatido. Me sentía como si acabasen de darme la peor noticia que mis oídos pudieran escuchar.

Volvimos a Oussouye. Pude hablar con mi padre por Skype y ambos coincidimos en que lo mejor era que volviera. Le dije que intentaría coger un avión tan pronto como fuera posible y que todavía no le dijera nada a mi madre. No quería asustarla. Además, era capaz de presentarse en Oussouye y traerme de vuelta en volandas.

Cuando cayó la noche fuimos a cenar a casa de Amédé, en una especie de barrio, distrito o parte de Oussouye que se llama Calobone. Por el camino escuché una voz a mis espaldas que hablaba en catalán. Era una mujer. Me dijo que la noticia de mi accidente había corrido como la pólvora. Al ver mi cara rápidamente ató cabos. Se daba la casualidad de que conocía a la mujer que nos había alquilado la casa. Me dio ánimos y nos despedimos. Resultó extraño hablar en catalán después de más de una semana escuchando únicamente palabras en francés, wólof, fula, diola o criollo.

Para llegar a casa de Amédé cruzamos un sendero que discurría en medio de los árboles. No sabría decir si aquello formaba parte de un bosque más grande o era una arboleda aislada. Seguramente se trataba de lo primero. Las copas de los árboles no dejaban pasar la luz de la luna, así que estaba todo muy oscuro y lamenté no haber cogido mi linterna hasta que Assaye y Claude sacaron sus móviles e iluminaron nuestros pasos. Me pareció una escena curiosa y nada atractiva: un paseo nocturno por un bosque africano a la luz de nuestros Smartphone.

Después de cenar, Amédé me enseñó los alrededores de su casa. Cuando nos alejamos un poco de la luz de los faroles decidí alzar la mirada. Vislumbré un trozo de cielo entre las copas de los árboles. Era como un tapiz negro con mil diamantes brillantes incrustados. Me emocioné al ver aquel lienzo plagado de estrellas. Nunca había visto tantas. Incluso distinguí perfectamente la vía láctea. Me quedé embobado un buen rato, disfrutando de aquel instante y exprimiéndolo al máximo. Podía ser mi última noche allí y aquel cielo merecía ser recordado.

Cuando me tumbé en la cama por fin me derrumbé. Mientras escuchaba la lluvia repiquetear contra la ventana me esforzaba en intentar aceptar que mis días en Casamance llegaban a su fin y que no había vuelta atrás. Si dijera que intenté ser positivo y ver el lado bueno de las cosas mentiría. En aquel momento mi cabeza era un remolino de sombras y pesimismo. Lo único en lo que podía pensar era en todo aquello que me quedaba por descubrir. Ahondé en la herida más de lo necesario y acabé agotado y triste. Me embargó una gran tristeza; provenía de algún lugar en mi interior. Tal vez del mismo lugar en el que se crean los sueños y se construyen las esperanzas. Solo que aquella vez los sueños se habían roto y las esperanzas se habían desmoronado. La verdad es que no sé explicar aquel sentimiento con palabras. Es probable que jamás pueda hacerlo. Dolió tanto que espero no volver a sentirlo nunca. Alguien podría pensar “hombre, tuviste un accidente y tenías que volver de un viaje…tampoco es el fin del mundo”. Pero para mí aquello no era un simple viaje y es difícil luchar contra tu propia mente cuando ésta se empeña en recordarte el dolor. Estuve dándole vueltas a la cabeza entre lágrimas hasta que el sueño me envolvió por completo.

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