10 días en Senegal. Día 10: despedidas.

Mi último día en África amaneció gris y nublado, como si el ambiente se hubiera contagiado de mi estado de ánimo. Tras una breve pero intensa visita a la gendarmería para recuperar mi pasaporte, que la policía había requisado el día del accidente, nos dirigimos de nuevo a un cibercafé para conectarnos a internet y ver qué vuelos habían programados para aquella tarde. Tuve suerte. Esa misma madrugada salía un vuelo directo desde Dakar a Barcelona de vueling, la compañía en la que había comprado mis billetes de ida y vuelta. Mi padre hizo los trámites y después de abonar la tasa por el cambio de vuelo, ya tenía mi nuevo billete de vuelta.

Mi suerte continuó. A las 17 h salía un vuelo desde Ziguinchor hasta Dakar. Reservé un asiento por teléfono y me sentí más tranquilo. En mis días en Senegal me di cuenta de que allí planificar los días no tenía mucho sentido. La gente no suele obedecer ningún programa y todo fluye con aparente espontaneidad. Yo soy una persona que acostumbra a planificar bastante las cosas. Si no lo hago corro el riesgo de distraerme y olvidar lo que tenía que hacer. Durante los días que pasé con mi familia africana no sentí en ningún momento la necesidad de tener un plan diario que seguir a rajatabla. Los primeros días me costó aceptarlo, estaba un poco perdido. Pero al final decidí que era mejor vivir como lo hacían mis amigos, con esa tranquila despreocupación (quizás solo aparente), que empeñarme en estresarme sin motivo alguno.  No obstante, la tranquilidad que me dio saber que aquella tarde, a las 17 h iba a coger un avión que me llevaría a Dakar para luego, unas horas después, volar hacia casa, fue como un bálsamo para la inquietud que sentía en aquellos momentos.

Pero no podía abandonar Casamance sin conocer un poco, aunque sólo fuera una pizca, el pueblo de Oussouye. Todavía hoy conozco más de ese lugar por lo que he leído que por lo que he vivido, cosa que me da mucha rabia. Por suerte es algo fácil de solucionar. Amédé me enseñó someramente algunas calles del pueblo. Fue un paseo agradable. Vi las tiendas que mi amigo solía frecuentar, y los bares y garitos en los que la gente se reúne para pasar las noches de fiesta.

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Oussouye tiene un encanto revitalizador, aunque quizás esta percepción también se deba a la atmosfera límpida y suave que hay tras una tormenta nocturna. Sea como fuere, el pueblo me pareció encantador. Las casas están diseminadas aquí y allá, los caminos son de arena y aquel día estaban surcados de charcos y boquetes que había dejado la lluvia de la noche anterior. En mitad de cualquier parte te encuentras rodeado de un verde que te envuelve y que es el contrapunto perfecto al marrón del suelo.

En mitad de la calle un chico joven y risueño se quedó parado mirándonos a nosotros mientras nos acercábamos hacia él. Amédé lo saludó con efusión. Supuse que se trataba de algún viejo conocido pero me equivocaba. En realidad era la persona que me había llevado en su camioneta hasta el hospital. Así que le di las gracias por su ayuda desinteresada y él me deseó una rápida recuperación.

Seguimos caminando y llegamos a un lugar, casi a las afueras del pueblo, donde Amédé me señaló con disimulo algunos altares de la religión tradicional que un ojo poco acostumbrado sería incapaz de discernir. Ya fuera del pueblo mi amigo me enseñó un bosque apartado y, hasta cierto punto, aislado. Era el bosque sagrado en el que vive el rey Sibilumbaye.

Permitidme que detenga un momento el relato del viaje.

Cuando empecé este diario, en el momento en que en mi cabeza se iba formando la idea de narrar lo que me ocurriera durante el viaje, uno de mis objetivos era hablaros de la figura del rey en la Baja Casamance (la zona de Casamance más cercana al Océano Atlántico). Tenía pensado hablar con algún rey directamente y en persona. De hecho, el rey de Calobone era (falleció hace sólo un par de semanas) un familiar de Amédé e íbamos a hablar con él durante nuestra estancia en casa de mi amigo. Que Amédé tenga alguien en la familia que ostenta el título de rey no quiere decir ni que él sea rico ni que sus familiares lo sean. Los reyes tradicionales de Casamance, y los que hay en otros tantos puntos de África, no son como los que tenemos nosotros. Así que, para entender mejor esta figura, que es más religioso-simbólica que política (aunque tenga mucha influencia en este último ámbito), es necesario que os desprendáis del significado de rey que tenéis en mente. No soy ningún experto en la materia pero voy a intentar resumir lo esencial. Estos reyes tienen una función determinada en la sociedad. Muchos historiadores se refieren a ellos como reyes-sacerdotes, otros, como Ferran Iniesta, hablan de reyes-dioses y algunos antropólogos los llaman reyes-esclavos. En realidad cualquiera de estas definiciones podría aplicarse a Sibilumbaye. Su función es la de garantizar, con su presencia y sus actos, el correcto funcionamiento de la sociedad. Es un catalizador de fuerzas naturales y humanas. Es el vínculo que tiene la sociedad con el mundo espiritual de la religión tradicional. Además, como garante de la buena marcha de la sociedad, el rey también es un redistribuidor. Por ejemplo, la gente cultiva los arrozales reales y ese arroz sirve, en casos de necesidad, para ser distribuido entre las familias que lo necesiten. Recientemente mis compañeros del GESA hicieron un documental alrededor del papel de Sibilumbaye en la consecución de la paz en la zona de Oussouye. Su papel de mediador y la autoridad que le confiere la tradición hizo que tanto rebeldes como miembros del Estado escucharan lo que tenía que decir. Consiguió que los bandos enfrentados estrecharan la mano y devolvió la tranquilidad a una zona que había sufrido el azote de la violencia. En definitiva, este tipo de reyes no son como los nuestros: ni son hereditarios (normalmente hay varias familias que van rotándose en el “trono”, cuyos miembros son elegidos por un consejo de sabios para el cargo), ni son inmensamente ricos, ni van a cazar elefantes a Bostwana (aunque les pilla más cerca), ni son unos monigotes con un peso insignificante en el día a día de la población. Si algo percibí entre la gente al hablar de ellos fue un inmenso respeto y una genuina confianza en el papel que los reyes desempeñan en sus comunidades. No tuve la suerte de hablar en profundidad ni con la gente ni con nadie del entorno real, pero sí que puedo asegurar que a menudo las autoridades tradicionales pueden resultar indispensables a la hora interactuar con sociedades como la de los diolas de la baja Casamance. En este sentido, el rey ha velado por la paz mediante la palabra, mientras que el gobierno ha querido alcanzarla a fuerza de cañonazos.

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¡Vaya! Creo que me he ido por los cerros de Úbeda. ¡Volvamos al viaje!

Al mediodía llegamos a Ziguinchor, imprimí mi billete y fuimos hacia el aeropuerto, que resultó ser muy pequeño pero acogedor. Se encuentra al final de una gran calle y en su interior no conté más de dos o tres oficinas. El embarque era a las 16 h y pasé la hora que quedaba con Amédé y Claude. Nos comimos un bocadillo de carne que resultó ser mi última comida en Senegal. Al final llegó la hora de las despedidas que, de hecho, ya habían empezado por la mañana: todavía recuerdo lo duro que fue despedirme de la gente, el nudo en la garganta que sentí al decir adiós a la tía de Amédé, lo increíblemente difícil que era para mí articular una simple palabra sin balbucear o romper en sollozos. Las despedidas suelen ser momentos delicados, a menudo tristes, que tienen la dudosa virtud de confirmar que el momento de partir ha llegado.

Le di las gracias a Claude, le estreché la mano y él me volvió a decir lo mal que se sentía por mi marcha. Luego Amédé y yo nos fundimos en un doloroso abrazo. Sería difícil decir quien estaba más apesadumbrado.

Cuando crucé el detector de metales me senté solo en una sala que no era más grande que un aula de mi universidad. Delante de mí un grupo de jóvenes libaneses reían y bromeaban. El contraste de aquel corrillo con mi estado de ánimo era como el que hay entre una boda y un funeral.

Al final nos subimos a un minibús que nos llevó hasta el avión (o avioneta, no sé cómo definirlo) que nos iba a llevar a Dakar. No éramos más de 20 pasajeros y todos los asientos estaban ocupados. Había un asiento a lado y lado del estrecho pasillo. Los pilotos eran unos norteamericanos que al dirigirse a nosotros me hicieron sentir como en una película de Hollywood.

El avión despegó sobre las 18 h. Sin embargo, el cielo ya se teñía de vetas anaranjadas propias del atardecer. Los colores del cielo parecían querer conmoverme. Sobrevolar Casamance es una de las experiencias más bonitas que he vivido. Mirar hacia abajo era como contemplar un inmenso lienzo verde surcado por cursos de agua serpenteantes que refulgían como si estuvieran repletos de millares de diamantes. Quedé hipnotizado por aquel espectáculo, el más maravilloso que mis ojos han podido vislumbrar. Estaba tan absorto que tan sólo me di cuenta de que estaba llorando cuando una lágrima resbaló por mi mejilla. En aquel preciso momento comprendí que aquellas vistas eran un regalo de valor incalculable. Casamance se mostraba ante mí con todo su esplendor, con un encanto capaz de enamorar a una persona con corazón de piedra. Fue entonces cuando pensé una idea reconfortante, quizás la primera que se me ocurría en los últimos tres días: mi viaje no estaba terminando, sino que acababa de comenzar. Tengo que volver tan pronto como pueda, pensé.

Cuando el avión dejó tras de sí la tierra para sobrevolar las aguas del océano, cogí mi libreta y escribí una carta de despedida dirigida a las personas que había conocido aquellos días y que tan bien me habían tratado. Escribir me sirvió para rememorar todos los buenos recuerdos y aquello fue razón suficiente para que mis ojos se inundaran de lágrimas. Me sentí aislado del resto de pasajeros y acabé derramando tantas lágrimas como palabras escribí sobre el papel.

El vuelo fue corto, no duró más de 45 minutos. Llegamos al aeropuerto de Dakar y, como 10 días antes, una cohorte de policías uniformados observaban a la gente que pasaba por allí con rectitud y pavoneo. Todo era normal hasta que escuché unas palabras procedentes del grupo de superhombres. Estaban llamando a alguien, así que agucé el oído intentado disimular mirando para otro lado, pero lo que escuché confirmó mis sospechas:

– ¿Herique Garsia?

No era la primera vez que oía mi nombre pronunciado de aquella manera. Mi mirada se cruzó con la de un policía joven, de unos 30 años, desgarbado, delgado y alto, que estaba sentado en la puerta de aduana con el mismo aire de quien se mece tranquilamente en el porche de su casa. Me hizo un gesto con la mano para que me aproximara y así lo hice, intentando ignorar las miradas inquisitivas de los policías/armarios que se sentaban a su lado. La verdad es que mi aspecto debía llamar la atención: un toubab vestido con camisa roja de cuadros y con heridas recientes en la cara que intentaba esconder bajo unas inmensas gafas de sol de aviador y una gorra nike. Parecía un espía, pero un espía de los malos. Tenía aspecto de sospechoso, como si me hubiera saltado la clase en la que explican cómo pasar desapercibido.

– ¿Conoces a Amédé?- fue la primera pregunta que se me ocurrió.

El tipo asintió risueño, con una marcada expresión infantil en el rostro. Cogió su móvil y se lo llevó a la oreja. Tras intercambiar unas cuantas palabras que no entendí, me lo tendió. La voz que había al otro lado de la línea me resultó familiar; era Amédé. Me explicó que aquel policía era amigo de un amigo suyo y que iba a ayudarme a moverme por el aeropuerto. En Senegal todo el mundo conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que puede ayudarte en cualquier situación en la que estés. La red familiar sumada a la de amigos, vecinos y compañeros de trabajo es infinita.

Sambou, así se llamaba aquel policía larguirucho, me dijo que podía entrar en la zona en la que sólo podían estar los pasajeros que ya hubieran realizado el check-in. Me coló sin pasar por ningún tipo de control. Eran apenas las 20h y hasta las 24h no iba a embarcar. Sambou me dijo que quedábamos a las 22.30h en tal sitio y que podía pasearme por el aeropuerto hasta entonces. Así que empecé a caminar abstraído, sin dirigirme a ningún lugar concreto. Mi aspecto de espía de pacotilla herido atraía demasiadas miradas, así que decidí sentarme en la barra de un bar y tomarme un refresco.  Después de 20 minutos decidí sentarme en los asientos que había delante de las puertas de embarque. Ahí escribí la primera entrada de esta serie que debía haberse llamado “Crónicas desde Casamance” y acabó siendo “10 días en Senegal”.

Las horas de espera en el aeropuerto pasaron más rápido de que lo pensaba. Fui al lavabo y me di cuenta de que no había agua corriente, algo bastante habitual en Dakar, donde los cortes de agua han supuesto un problema constante en los últimos meses. Delante de cada lavabo había una pareja de trabajadoras que se encargaban de llenar cubos de agua. Dos de ellas, sentadas con evidente aburrimiento, me llamaron al grito de ¡toubab! Estuve hablando con ellas unos diez minutos pasando por temas de conversación muy diversos, desde los peligros de ir en moto hasta la superioridad en las artes amatorias de las mujeres senegalesas en comparación con las toubab. En esto último se mostraron especialmente insistentes. Una de ellas me dijo que tenía una hermana joven y me insinuó un par de cosas deshonestas. Mentiría si dijera que aquello no subió mi moral, que por aquel entonces debía situarse a la altura del inframundo. Expliqué que tenía novia y resoplaron con suficiencia. Entre broma y broma sugirieron que les diera un par de monedas, pero les dije que no tenía suficiente ya que necesitaba el dinero para comprar agua y algo de comer en el avión, lo cual era cierto; y salí pitando de allí excusándome porque era la hora de mi embarque, lo cual era falso.

A las 22.30h fui a reunirme con Sambou que me acompañó a hacer el check-in y cuando pasé por la aduana se despidió de mí y volvió con sus compañeros.

Subí al avión y tuve la suerte de que nadie ocupó los dos asientos que había al lado del mío, seguramente porque mi aspecto les resultaba un poco incómodo. Me alegré de poder tumbarme para echar una cabezadita durante las cinco horas de trayecto.

Cuando el avión despegó vislumbré la silueta de Dakar alejándose lentamente. Miré por la ventanilla y percibí las luces de la ciudad, miles de resplandecientes luciérnagas que iban apagándose a medida que ascendíamos en aquella oscura noche de julio. No vi ninguna estrella y recordé con nostalgia el cielo que había contemplado el día anterior en Calobone. Me pregunté que estarían haciendo Amédé, Claude, Assaye y los demás en esos momentos. Supuse que estarían durmiendo y, como no se me ocurría nada mejor, decidí sumirme en el mundo de los sueños. Soñé con Senegal, Casamance, con Dakar y Ziguinchor, con los delfines del río y con los árboles que contemplé en los bosques de Djibonker, con la gente que había conocido y con todo lo que había vivido. Soñé que seguía allí y que ningún accidente había ocurrido. Soñé con África y, por primera vez en mi vida, las imágenes, los colores y los olores parecían reales, ya no eran sólo fruto de mi imaginación sino que provenían de los recovecos de mi memoria. Desperté con la sensación de haber vivido un sueño magnífico pero demasiado corto y deseé continuar durmiendo, pero había aterrizado en Barcelona y mi familia me aguardaba con los brazos abiertos.

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2 comentarios

  1. Te animé a quedarte el décimo día que fue cuando te conocí en y sigo haciéndolo, te espero en Casamance Eric. Un abrazo Pepa
    (Soy la que ocupaba la habítación frente a la tuya en Oussouye)

    1. Hola Pepa! Que agradable sorpresa! Pues seguramente el año que viene vuelva a Casamance con Amédé. Si sigues por allí ya verás que soy más alegre que como me conociste! Espero que todo haya ido bien este verano y que hayas podido ir a las fiestas tradicionales. Un abrazo.

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