El África que conocí

Si dijera que siempre soñé con visitar África estaría mintiendo, pero creo que puedo decir con total honestidad que conocer el continente se me metió entre ceja y ceja hace casi diez años. ¿Por qué? Ni idea, lo que empezó siendo una atracción por lo desconocido acabó convirtiéndose en una pasión sincera a medida que empecé a sumergirme en el universo de la historia africana, con todas sus galaxias, constelaciones y agujeros negros, que también los tiene.

Cumplí mi sueño en julio de 2014 pero no duró demasiado, fue algo así como un coitus interruptus, como recibir una bofetada inesperada mientras echas una tranquila cabezadita en el sofá. Esa primera vez en el continente, en Senegal, la expliqué de forma extensa en el blog. Casi dos años después volví al lugar del incidente y las emociones al revivir aquella experiencia no pudieron ser más agridulces. Estaba emocionado por la oportunidad de perseverar en mi deseo de conocer la región de Casamance, pero también sentía un miedo latente dentro de mí. Los primeros días en Senegal los pasé pensando en los últimos días que pasé en aquel país, en aquellos recuerdos ominosos que me dejaron tan tocado en su momento.

Esta vez no explicaré mí día a día, ni siquiera explicaré algunas de las cosas alucinantes que viví durante más de sesenta días en Casamance. De hecho, si las contara la mayoría de vosotros acabaríais con la mandíbula desencajada y con una mirada suspicaz en el rostro. Quizás algún día explique lo que supone dormir a pocos metros de un bachin (fetiche), o lo que es formar parte de una ceremonia tradicional. Ahora creo que no es el momento. Lo único que pretendo es dar rienda suelta a algo que llevo semanas queriendo escribir.

Durante la primera semana en Calobone recuerdo haber pasado algunas noches con problemas a la hora de dormir. Mis vecinos los ratones, en el techo, tenían parte de culpa, pero también la tenían todos aquellos pensamientos que revoloteaban en mi mente de forma incesante. El principal de ellos era: ¿qué pasa si no me gusta estar aquí? ¿qué hago si descubro que esto no es lo que yo pensaba? Me sentía como quién tiene una cita real con un romance online por primera vez. Estaba enamorado de Casamance, de la Casamance de los libros, de la que me habían hablado, pero no de la Casamance de verdad. El peor escenario posible era que tuviera que estar dos meses en un lugar que no me gustaba, así que me encogí de hombros y resoplé. No valía la pena pensar en eso ya que pronto iba a descubrirlo.

Resultó que Casamance es una auténtica pasada. Al menos la zona donde yo estuve, la Baja Casamance. O, mejor dicho, al menos los dos pueblos en los que pasé la mayor parte del tiempo: Calobone y Djibonker. No diré el cliché de que conocer África me ha cambiado y bla, bla, bla, pero sí que ahora tengo otra perspectiva sobre la vida y sobre mi profesión: la de historiador. No lo he dicho, pero mi estancia no fueron unas simples vacaciones, en realidad dediqué poco tiempo a hacer turismo, casi nada. Fui allí a empezar mi investigación doctoral. Llegué con las manos vacías y he vuelto con la mochila cargada de historias.

Me dediqué a entrevistar a ancianos y ancianas del pueblo, a miembros del consejo de sabios, a príncipes, princesas y sacerdotes tradicionales. Cada día conocía a alguien nuevo, lo saludaba y me presentaba. Conocí a tanta gente que era imposible acordarme de los nombres. Más de una vez sentí vergüenza cuando, paseando por la calle, la gente me saludaba por mi nombre y yo no podía recordar el suyo. Si no conocí a toda la gente del pueblo, estuve muy cerca de hacerlo. Como en todas partes hay gente para todo, pero la mayoría fueron muy amables conmigo, acogedores y simpáticos. Nunca podré agradecerles todo lo que han hecho por mí, todo lo que me han ayudado tanto personalmente como con mis investigaciones.

Ahora sé muchas cosas que antes desconocía por completo, conocimientos que se atesoran en los bosques y en las cabezas canosas de quienes han vivido tantos años. Recuerdo la emoción de Mariama cuando le enseñé la foto de su padre, un rey de Calobone que murió antes de 1940, cuando ella solo era un bebé. Era la primera vez que veía una fotografía suya. También recuerdo los consejos de Jean Jacques, la amabilidad de Remi, la sabiduría enciclopédica de Phillibert y Halibo, y las risas con Emmanuel, el viejo más cachondo que he tenido la suerte de conocer. Grandes momentos que guardaré siempre con una sonrisa en los labios.

Recuerdo también el día que pasé con Jean Pierre, un músico retirado, que ha perdido la vista y la voz, pero que sigue conservando un gran sentido del humor y una curiosidad enorme. Recuerdo que cuando le expliqué cómo eran nuestras montañas no podía creérselo, repetía sin cesar: “si me llevas a una de esas montañas, me caeré y me moriré”, se reía y echaba un trago al vino de palma.

Recuerdo las charlas con jóvenes y mayores, niños y ancianos, mujeres y hombres. Las cosas que ellos me enseñaban y todo lo que yo intenté explicarles.

Recuerdo los paseos por el bosque y los inmensos arrozales de Calobone, los ruidos de la selva al anochecer, las largas caminatas siguiendo huellas de animales, los atardeceres imposibles y el trayecto en piragua por aguas profundas y misteriosas hacia la isla de Wendaye.

Recuerdo también todos los sabores, los olores y la música ininterrumpida. (la semana pasada comí arroz senegalés y noté un pinchazo de nostalgia)

También hubo algunos momentos espinosos, por supuesto, pero fueron muy pocos en comparación con los buenos. Además, fueron momentos que aquí, en Europa, no los reviviré nunca, así que acabarán convirtiéndose en anécdotas superinteresantes que mis pobres nietos tendrán que aguantar…

Vaya, creo que he escrito más de lo que pretendía. Al fin y al cabo, lo que quería decir es que el África con la que soñaba no es el África que conocí, pero el África que conocí se ha convertido en el África de mis sueños. Si tenéis la oportunidad de visitar Casamance no lo dudéis ni un segundo, coged una mochila, una maleta o lo que sea y corred al aeropuerto. Si  yo pudiera, lo haría ahora mismo.

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5 comentarios

  1. Me’n alegro que per fi hagis pogut viure el teu somni africà com desitjaves, però ves al tanto, el que comença com una passió acaba sent una adicció que difícilment podràs deixar.
    una abraçada
    xavi

  2. Victor Gavín · · Responder

    Eric, l’haver-te tingut com alumne em permet dir que no em sorpren però deixam dir que només una persona veritablemente inteligent pot escriure això: ‘el África con la que soñaba no es el África que conocí, pero el África que conocí se ha convertido en el África de mis sueños.’ Endavant amb el teu somni Eric!

  3. Maite Pastor saenz de buruaga · · Responder

    Muchos viajeros, ahora mismo no recuerdo quien, lo bautizó como el mal de África. El amor a la vida.

    1. Maite Pastor saenz de buruaga · · Responder

      Quería decir que lo han sufrido, se llama ” el mal de África”

    2. Sí, si vas probablemente quedes siempre ligado al continente 🙂

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